La Importancia de la Reencarnación

El alma después de residir temporalmente en el Espacio, renace en la condición humana, trayendo consigo la herencia, buena o mala, de su pasado. Renace como niño, reaparece en la escena terrestre para representar el nuevo acto del drama de su vida, pagar las deudas que contrajo, conquistar nuevas capacidades que le han de facilitar la ascensión y acelerar la marcha hacia delante.

La ley de los renacimientos explica y completa el principio de la inmortalidad. La evolución del ser indica un plan y un fin. Ese fin, que es la perfección, no puede realizarse en una sola existencia, por más larga que sea. Debemos ver en la pluralidad de las vidas del alma (reencarnación) la condición necesaria de su educación y de sus progresos.

La doctrina de la reencarnación, que consiste en admitir muchas existencias sucesivas para el Espíritu, es la única que corresponde a la idea que formamos de la justicia de Dios para con los hombres que se hallan en condición moral inferior, la única que puede explicar el futuro y firmar nuestras esperanzas, pues nos ofrece los medios de rescatar nuestros errores por nuevas pruebas.

La razón nos la indica y los Espíritus la enseñan.

Mientras tanto, no todas las almas tienen la misma edad, ni todas subirán con el mismo paso sus períodos evolutivos. Las almas jóvenes, emanadas hace menos tiempo del foco Eterno, llegadas a la humanidad, tomarán lugar entre los pueblos salvajes o entre las razas bárbaras que pueblan los continentes atrasados, las regiones desheredadas del Globo. Y, cuando al fin, penetran en nuestras civilizaciones, fácilmente se dejan reconocer por la falta de desembarazo, de aptitud, por su incapacidad para todas las cosas y, principalmente, por sus pasiones violentas.

Así, en el encadenamiento de nuestras estaciones terrestres, continúa y se completa la obra grandiosa de nuestra educación, el moroso edificar de nuestra individualidad, de nuestra personalidad moral.

Es por esa razón que el alma tiene que reencarnar sucesivamente en los medios más diversos, en todas las condiciones sociales, tiene que pasar alternadamente por las pruebas de la pobreza y riqueza, aprendiendo a obedecer para después mandar. Precisa de las vidas oscuras, vidas de trabajo, de privaciones para acostumbrarse a renunciar a las vanidades materiales, a despegarse de las cosas frívolas, a tener paciencia, a adquirir la disciplina del Espíritu.

Son necesarias las existencias de estudio, las misiones de dedicación, de caridad, por vía de las cuales se ilustra la inteligencia, y el corazón se enriquece con la adquisición de nuevas cualidades, después vendrán las vidas de sacrificio por la familia, por la patria, por la Humanidad.

Son necesarias también la prueba cruel, donde se funden el orgullo y el egoísmo, y las situaciones dolorosas, que son el rescate del pasado, la reparación de nuestras faltas.

Las encarnaciones y las reencarnaciones no ocurren sólo en el planeta Tierra: las vivimos en diferentes mundos. Las que aquí pasamos no son las primeras, ni las últimas, son, no obstante, de las más materiales y de las más distantes de la perfección.

La encarnación carece de límites precisamente trazados, si tuviéramos en vista sólo el envoltorio que constituye el cuerpo del Espíritu, dado que la materialidad de ese envoltorio disminuye en la proporción que el Espíritu se purifica. En ciertos mundos más adelantados que la Tierra, él ya es menos compacto, menos pesado y menos grosero y, por consiguiente, menos sujeto a vicisitudes.

En grado más elevado, va desmaterializándose de grado en grado y acaba por confundirse con el Espíritu.


Federación Espírita Española

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